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Monólogo. Un sueño azul para morir. (1)

Obra: Un sueño azul para morir, de Haffe Serulle.

La mujer:
Nos conocimos cuando el sol se detuvo en los primeros peldaños del alba. Ya el siglo había alcanzado su madurez. Por entonces, yo no conocía la palabra muerte porque a mi pido solo llegaban canciones y mensajes de amor. ¡Hasta las piedras se amaban! Se amaban as rocas y se amaban las hojas que adornaban los pastos. La pubertad me sorprendió a su lado. Como todas las partes de mi cuerpo crecieron en busca del sol, él se asombraba al verme. En mi se despertó un raro deseo de navegar a la deriva, pero junto a él. A veces, lo veía pasar por mi lado como un fantasma. Siempre me pareció irreal. Sus gestos, su forma de moverse, su cara pintada de infancia... Y luego su voz. ¡Qué dulce era su voz! ¡Cuánta armonía en cada palabra suya!¡Y cuanta ingenuidad! "¿Quieres probar el sabor de los sueños que fabrica mi boca?", me dijo una noche, tras una densa lluvia. Temblé de pura emoción. Sentí el amor expandirse por mis huesos. Mi sangre, cual agua hirviente, se desbordó. Fui presa de los signos ocultos del amor. Entonces se presentaron ante mí las sombras del misterio.

Monólogo Laurencia (Fuenteovejuna)

Obra: Fuenteovejuna, de Lope de Vega

Laurencia
                


No me nombres
tu hija.

Por muchas razones,
y sean las principales:
porque dejas que me roben
tiranos sin que me vengues,
traidores sin que me cobres.
Aún no era yo de Frondoso,
para que digas que tome,
como marido, venganza;
que aquí por tu cuenta corre;
que en tanto que de las bodas
no haya llegado la noche,
del padre, y no del marido,
la obligación presupone;
que en tanto que no me entregan
una joya, aunque la compren,
no ha de correr por mi cuenta
las guardas ni los ladrones.
Llevóme de vuestros ojos
a su casa Fernán Gómez;
la oveja al lobo dejáis
como cobardes pastores.
¿Qué dagas no vi en mi pecho?
¿Qué desatinos enormes,
qué palabras, qué amenazas,
y qué delitos atroces,
por rendir mi castidad
a sus apetitos torpes?
Mis cabellos ¿no lo dicen?
¿No se ven aquí los golpes
de la sangre y las señales?
¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros padres y deudos?
¿Vosotros, que no se os rompen
las entrañas de dolor,
de verme en tantos dolores?
Ovejas sois, bien lo dice
de Fuenteovejuna el hombre.
Dadme unas armas a mí
pues sois piedras, pues sois tigres...
--Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando los cazadores
antes que entren por el mar
y pos sus ondas se arrojen.
Liebres cobardes nacisteis;
bárbaros sois, no españoles.
Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
Poneos ruecas en la cinta.
¿Para qué os ceñís estoques?
¡Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre de estos traidores,
y que os han de tirar piedras
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes,
y que mañana os adornen
nuestras tocas y basquiñas,
solimanes y colores!
A Frondoso quiere ya,
sin sentencia, sin pregones,
colgar el comendador
de la almena de una torre;
de todos hará lo mismo;
y yo me huelgo, medio hombres,
por que quede sin mujeres
esta villa honrada, y torne
aquel siglo de amazonas,
eterno espanto del orbe.

Monólogo de Laurencia

Laurencia
                                        (La dama del olivar, Tirso de molina)


¿Qué hacéis aquí maricones,
Hombres sólo en apariencia,
En conversación infame,
Que no sentís vuestra afrenta?
Gallinas, y aun no gallinas,
Pues ya saben volver estas
Los picos contra el milano
Que sus polluelos les lleva.
¿Qué pastor hay tan cobarde
Que con gritos, hondas, piedras,
No libre del lobo vil
 la ya acometida oveja?
Una hormiga, si la quitan
El grano que avara encierra,
Muerde atrevida al contrario.
Un mosquito se sustenta
de la sangre de un león,
y hasta la más torpe abeja
acomete vengativa
a quien roba sus colmenas.
Pues, gallinas, el milano
Se atreve a las pollas tiernas
De vuestro lugar y casa
¿y no vengáis vuestra ofensa?
El lobo bárbaro os roba,
Villanos una cordera
Delante de vuestros ojos
¿y le dejáis ir con ella?
Volved, hormigas cobardes,
Por la agostada cosecha
Del honor que os han quitado
De un traidor las insolencias.
Aún menos sois que mosquitos,
Pues ninguno hay que se  atreva
A sacar sangre afrentosa
A quien derrama la vuestra.
Mas, pues vuestra cobardía
Llevar los panales deja,
Del colmenar de la fama
Zánganos sois, que no abejas.
No os llaméis hombres, cobardes;
Ceñid al lado las ruecas,
Pues no sabéis ceñir armas
Más que para la apariencia.
Si como sabéis guardar
 las espadas que las vean
desnudas contra tiranos
guardarais las hijas vuestras
No la violara la injuria;
Mas si las espadas vuestras
Son vírgenes, mal podréis
Defender tantas doncellas.
¡Que a vuestros ojos un hombre
Haga torpe y loca presa
En una frágil mujer,
en una vecina vuestra!
¡Qué os lleve con ella la honra,
Y que no tengáis vergüenza
de vivir y no vengaros!
¡Qué este de aquesa manera
Conversando unos con otros
Como si en paces o fiestas,
Contárades las hazañas
que emprendisteis en la guerra!
Diez leguas de Zaragoza
 Vivís, y la gente de ella
Son espejos de las armas
Blasones de la nobleza.
¿Cómo se os pega tan poco,
Decid gente Aragonesa?
¿Por qué afrentáis vuestra pata
Afeminadas en ella?
Si no sois para vengaros
Llamad las mujeres vuestras,
Pedidlas que os desagravien,
Quejaos llorosos en ellas
Y mientras se armen valientes
Y la aguja en lanza truecan,
El acero por las galas
Las espadas por las ruecas
 Quedaos en casa vosotros.
Hilad, barred, viles hembras;
Jabonad y haced colada,
Que aunque las hagáis, yo estoy cierta
Que no sacareis las manchas
Que en vuestra honra el agravio echa,
Si no es  con sangre enemiga
Que es la más eficaz greda.
¿Callad? ¿No venís?
Más ¿para qué? No os den pena
Injurias de vuestros hijos,
Comprad tropas y muñecas;
Jugad, niños; que es razón
Que mientras viva Laurencia
Ella tomara venganza.
¡Vive Dios! Que en vuestra afrenta
Ha de mudar, gente vil,
El traje y naturaleza,
Porque os enseñe hacer hombres,
Siéndolo vuestra Laurencia.
Bandos hay en Aragón;
Volviéndome bandolera,
No he de dejar hombre a vida.
¡Guárdese de mí mi tierra!
Que en vosotros los primeros
He de vengar mis ofensas,
Y vestidos de mujeres
Sacaros a la venganza.
El que hombre fuere, mis agravios sienta.
¡Al arma! ¡Don Guillen, serranos, muera!

Monólogo de Lady MACBETH




Obra: Macbeth, de William Shakespeare.

Entra LADY MACBETH con una vela.

LADY MACBETH
¡Fuera, maldita mancha! ¡Fuera digo! - La una, las dos; es el momento de hacerlo. - El infierno es sombrío. ¡Cómo, mi señor! ¿Un soldado y con miedo? ¿Por qué temer que se
conozca si nadie nos puede pedir cuentas?  Más, ¿quién iba a pensar que el viejo tendría tanta sangre? El Barón de Fife tenía esposa. ¿Dónde está ahora? -¡Ah! ¿Nunca tendré limpias estas manos? - Ya basta, mi señor; ya basta. Lo estropeas todo con tu pánico.
Aún queda olor a sangre. Todos los perfumes de Arabia no darán fragancia a esta mano mía. ¡Ah, ah, ah! ¡Qué suspiro! Grave carga la de su corazón. Lávate las manos, ponte la bata, no estés tan pálido: te repito que Banquo está enterrado; no puede salir de la tumba. Acuéstate, acuéstate. Están llamando a la puerta. Ven, ven, ven, ven, dame la mano. Lo hecho no se puede deshacer. Acuéstate, acuéstate, acuéstate.
(Sale).


Escena corta: Macbeth

Obra: Macbeth, de William Shakespeare.


 Lady Macbeth.- Esta ronco el cuervo que anuncia con graznidos la fatal llegada de Duncan a mi castillo. ¡Espíritus, venid! venid a mí, puesto que presidís los pensamientos de muerte! Privadme ahora de mi sexo y llenadme de la más temible crueldad, desde la coronilla al pulgar del pie: espesad mi sangre ¡Que se bloquen todas las puertas a la piedad! ¡Que no vengan a mí contritos sentimientos naturales a perturbar mi propósito cruel, o a poner tregua a su realización! ¡Venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel, espíritus de muerte que por doquier estáis -esencias invisibles- al acecho de que Naturaleza se destruya!¡Ven, densa noche, ven y envuélvete en el mas maldito humo de infierno, para que mi agudo cuchillo no vea sus heridas, ni el cielo atisbe  a través de las  mantas de la tiniebla  para gritar ¡basta, basta!
Coro.- ¡basta, basta! ¡Detente!  
Lady Macbeth.  (Llega Macbeth). ¡Noble señor de Glamis y de Cáudor, aún más ilustre que uno y otro por la profética salutación de las hechiceras! tu carta me ha hecho salir de lo presente, y columbrar lo futuro, y extasiarme con él.
Macbeth. - Esposa mía, esta noche llega….
Lady Macbeth. - ¿Y cuándo se va?
Macbeth. - Dice que mañana.

Lady Macbeth. – ¡Nunca habrá de ver el sol ese mañana! Tu rostro Barón mío, es como un libro donde el hombre puede leer extrañas cosas. Para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada y en tus manos y lengua; procúrate el inocente aspecto de la flor pero sé tú la víbora que oculta. Habremos de atender al que ha de venir y tendrás que dejar que sea yo quien se ocupe esta noche de nuestro gran proyecto que dará a nuestros días venideros y a todas nuestras noches absoluto dominio soberano, y el poder.