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Monólogo de Medea

Obra: Medea, de Eurípides.


Medea.
¡Oh Zeus, oh Justicia, hija de Zeus y oh luz de Helios! Ahora, ¡Oh amigas!, venceremos con gloria a nuestros adversarios y entraremos en el camino recto; ahora espero que mis enemigos serán castigados. Egeo se nos ha aparecido en medio de nuestros trabajos como puerto en donde podremos realizar nuestros proyectos; en él ataré los cables de mi nave cuando vaya a la ciudad y al alcázar de Palas. Ahora ya te descubriré mi propósito: oye, pues, mis palabras no ordenadas para deleitar. Rogaré a Jasón, enviando uno de mis siervos, que venga a verme, y cuando llegue, le recibiré con frases halagüeñas y le diré que me agrada cuanto ha hecho (su regio enlace y vil traición), y que es útil y está bien pensado; y le suplicaré que me deje aqui con mis hijos, no con objeto de abandonarlos en este campamento enemigo y que sirvan en él de ludibrio, sino para matar dolorosamente a la hija del rey. Llevarán presentes a la esposa, le pedirán que no los expulse de aqui, y le ofrecerán un finisimo vestido y una corona de oro. Y cuando se ponga estas galas, perecerá miserablemente y todos los que la tocaren: tan poderoso y eficaz será el veneno que ha de bañarla. Nada aquí me obliga ahora a disfrazar mis pensamientos; pero gimo cuando reflexiono en la atroz maldad que he de cometer; mataré a mis hijos, nadie me los arrebatará, y después que arruine el palacio de Jasón, me iré de aquí y expiaré en el destierro la muerte de seres tan queridos, ya que he de atreverme a consumar el más impio de los crimenes. No es tolerable, ¡oh amigas!, servir de escarnio a nuestros enemigos. Sea, pues, asi. ¿Qué gano yo con vivir? Ni tengo patria ni hogar, ni refugio alguno de mis males. Falté en abandonar el hogar paterno dejándome aducir de un heleno, que nos pagará lo que nos debe, si los dioses lo permiten. Jamás verá vivos después a los hijos que en mi ha procreado, no los tendrá de su nueva esposa, porque es menester que esa infame perezca antes envenenada por mi. Nadie pensará entonces que yo soy débil o impotente, ni que sufro mi daño tranquila, sino al contrario, que soy terrible contra mis enemigos y benévola con los que me aman. Sólo de esta manera se adquiere mayor gloria.

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